lunes, 2 de mayo de 2016

Las madres sí lloran tienen que pelear

Haciendo una versión muy libre de la famosa canción de Miguel Bosé, me dispongo a escribir esta entrada barriendo para casa y haciendo una pequeña catarsis que me ayude a eliminar tanta tensión acumulada. Si Don Quijote se reencarnase en alguien ahora mismo y en este preciso momento, sería, sin duda, mujer y madre, ¡no hay locura ni aventura mayor!

Por supuesto, como en todo, hay grados y grados y tras tres semanas de infarto puedo confirmar que yo he llegado a la cúspide. No teniendo suficiente acción con 9 días de Rodríguez al mando del timón de la madriguera (fierecilla incluida), los virus y bacterias acudieron a hacernos compañía, dejando tras de sí: días (con sus respectivas noches) de poco sueño, de fiebre altas y de arresto domiciliario. Todo empezó con un catarro sin importancia de la benjamina de casa que se complicó al contagiarme a mí y no acudir al médico a su debido tiempo (lo de priorizarme aún me cuesta), convirtiéndose en la pescadilla que se muerde la cola.

Era la primera vez, desde que me estrene en esto de la maternidad, que realmente no estaba para cuidar a nadie. De hecho, quedaré en perpetuo agradecimiento con las mamás, vecinas y amigas, que se turnaron con el "aitá", para que pudiese dedicarme en cuerpo y alma a dormir y sudar, sudar y dormir sin mayor interrupción. ¡Qué falta me hacía y qué deprisa quedaron atrás! por una carrera tempranera a urgencias, que acabó en un comienzo de neumonía de mi pequeña compañera de faena. Afortunadamente, el tiempo todo lo cura y ya tenemos el alta médica, pero aquella mañana lloré desconsoladamente. Lloré por no poder seguir durmiendo, aún febril; lloré por no haber recordado que las prioridades a veces deben invertirse: si yo no estoy bien, mi hija tampoco; lloré por esta maldita ciudad y su contaminación, que hace que respiremos de todo menos aire puro; lloré por no vivir en Suecia y tener que hacer malabares con el "aitá" para hacer turnos de enfermería; pero, sobre todo, lloré para recuperar el ánimo y reunir, una vez más, todas las fuerzas posibles para seguir al pie del cañón.

¡Gracias a María y Rebeca, que fueron esa familia cercana, que sin lazos de sangre, me mimaron y echaron un cable con gran cariño y la mejor de las sonrisas!






4 comentarios:

  1. Ohhh querida... :)) Para lo que haga falta, una y mil veces... lo importante es que la aventura va quedando atrás, y que los ratitos de familias vuelven a estar cada vez más cerca ;) Tenemos muchas ganas!!! Ánimo valiente!!!

    Muak.

    MaRia.

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    1. ¡Graciaaaaassss mil,María! Sin vuestra ayuda no me imagino cómo hubiese sido todo. Id mirando fechas para el Naomí ya ¡es una orden!;op

      Besos!

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  2. Mucho ánimo, peque. Si me necesitáis, aquí estoy. Besazos y fuerza, que eres una de las grandes.

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    1. ¡Gracias,Rubén!Tus besos y fuerza me dan un chute de energía extra y tus palabras finales me sacan los colores.:o)))

      Un beso enorme!

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